O caballo por vaca, por ejemplo.

¿Te has preguntado alguna vez si lo que estás comiendo es realmente lo que crees que estás comiendo? Seguramente lo has hecho, y en la inmensa mayoría de los casos la respuesta será afirmativa. Si crees estar comiendo una hamburguesa de ternera, seguramente la hamburguesa estará hecha de auténtica carne de ternera, sin duda. Pero algunas veces la cosa no está tan clara. Cuando compras aceite de oliva virgen extra, ¿es posible pensar que por alguna razón el aceite puede que sea de oliva y virgen, pero no extra? O incluso, ¿podría ser que no fuera totalmente de oliva? No es lo habitual, pero de vez en cuando aparecen en las noticias casos de fraude alimentario que nos hacen dudar de la seguridad de lo que comemos. O más que de la seguridad, de su autenticidad.

Seguramente recuerdas el caso del fraude por contaminación de carne de caballo en productos de vacuno que se extendió por Europa en 2013. O quizás te suena la Operación Colesterol de 2006, en la que fueron intervenidos 76.000 litros de aceite de girasol en Cataluña al ser comercializados como Aceite de Oliva Virgen o Virgen Extra a partir de diferentes plantas de procesado de aceite en las provincias de Jaén y Córdoba… O la Operación Lucerna de 2012, con la que se desarticuló una trama que mezclaba diferentes aceites vegetales como palma o aguacate, que eran comercializados como aceite de oliva en la provincia de Jaén y distribuidos por toda España.

Las razones que pueden llevar a alguien a cometer fraude con los alimentos son claramente económicas, y se pueden resumir en vender productos de menor calidad como si fueran otros de mayor calidad. El negocio es redondo. Y como puedes deducir, si el fraude alimentario puede ocurrir, seguramente acabará ocurriendo.

En este punto conviene aclarar un concepto: el fraude alimentario no implica necesariamente un problema de salud pública. Los productos fraudulentos no tienen por qué ser nocivos para las personas: el aceite de girasol es perfectamente seguro, como lo es la carne de caballo, por seguir con los ejemplos anteriores. El problema es que se trata directamente de una estafa, ya que al comprarlos estamos pagando los productos fraudulentos más caros, como si fueran otros de calidad superior. Este hecho forma parte del concepto, más amplio que el tradicional y más aceptado actualmente, de seguridad alimentaria, que contempla aspectos de inocuidad (es decir, que el producto no causa daños a la salud), legalidad (el producto cumple con todos los aspectos legales) y autenticidad (el producto es exactamente lo que dice ser).

Fraude Alimentario

 

La gestión del fraude en los protocolos de seguridad alimentaria

Seguramente conoces los principales protocolos de seguridad alimentaria a los que se adaptan las empresas alimentarias para garantizar que producen productos seguros, entre los que BRC, IFS o FSSC 22.000 son algunos de los más relevantes. A raíz de episodios de fraude, entre los cuales el citado de la carne de caballo fue un claro ejemplo, estos protocolos han entrado de lleno en considerar mecanismos mediante los cuales las empresas alimentarias pueden protegerse del fraude. El caso más notable es el de la versión vigente del protocolo BRC (versión 7, de enero de 2015), que dedica todo un capítulo, el 5.4, a lo que denomina Autenticidad del producto, afirmaciones y cadena de custodia. En él se determina cuáles son los controles que pueden implantarse en la empresa alimentaria para minimizar el riesgo de comprar materias primas fraudulentas, así como para garantizar que todas las descripciones del producto y las afirmaciones al respecto sean legales y adecuadas, además de poder ser verificadas. En definitiva, proporciona directrices para la prevención del fraude en las empresas involucradas en la producción y comercialización de alimentos. Para ello tiene en cuenta el histórico de sustitución o adulteración en cada sector, los factores económicos que pueden hacer que la adulteración o sustitución sea más atractiva, o lo complejo que sea llevar a cabo pruebas de rutina para identificar adulterantes. Por ejemplo, el protocolo BRC anima a las empresas a consultar información procedente de organismos profesionales, fuentes gubernamentales o centros de recursos privados para estar informados sobre los episodios fraudulentos en un sector determinado, como por ejemplo la información disponible en el Portal RASFF (Rapid Alert System for Food and Feed) de la Comisión Europea.

Y además, como un caso especial de fraude, estos protocolos consideran también el que tiene que ver con adulteraciones o engaños en las declaraciones de identidad preservada, es decir, en las declaraciones que se hacen sobre el origen específico de un producto, la declaración de una variedad o tipo de materia prima, el estatus asegurado de la producción (producción integrada, producción ecológica, GLOBALGAP…), método de producción (Halal, Kosher), o afirmaciones nutricionales o relacionadas con las propiedades saludables.

En definitiva, el modo en que las empresas alimentarias gestionen el fraude en su producción es un asunto muy relevante para el sector, porque ayuda a dar confianza a los clientes y a los mercados. En Cinde somos conscientes de ello, y desde hace tiempo desarrollamos esta componente de la seguridad alimentaria como una parte fundamental en nuestros servicios. Si necesitas información al respecto, no dudes en consultarnos aquí.